No se puede aniquilar y cambiar la vida, porque es lo único que existe; todo lo demás es solo apariencia _ Tolstoi

El Rey de Asiria, Asarkadón _ Tolstoi-Viaje Hacia Si Mismo-00Asarkadón, rey de Asiria, había conquistado el reino del rey Lahilié, destruido e incendiado todas sus ciudades, dispersado por sus dominios a todos los habitantes, muerto a los soldados, decapitado a algunos jefes militares, empalado a otros y desollado vivos a otros más, y había encerrado al propio rey Lahilié en una jaula.
Llegada la noche, el rey Asarkadón meditaba en su lecho cómo mataría a Lahilié, cuando, intempestivamente, oyó ruido cerca de él y, abriendo los ojos, vio a un viejo de blanca y luenga barba y de dulce mirar.

-¿Quieres matar a Lahilié? -preguntó el viejo.
-Sí -respondió el rey-; pero aún no he inventado el suplicio. –
¡Cómo, si Lahilié eres tú! -exclamó el anciano.
-Mentira -dijo el rey-, yo soy yo, y Lahilié es Lahilié.
-Tú y Lahilié sois una misma cosa -dijo el viejo-.
Sólo que a ti te parece que tú no eres Lahilié y que Lahilié no eres tú.
-¡Cómo que me parece! -dijo el rey- Yo estoy acostado aquí, sobre un mullido lecho, rodeado de dóciles esclavos y mañana, como ahora, me divertiré con mis amigos, mientras que Lahilié se encuentra en estos momentos en una jaula como un pájaro, y mañana estará empalado, con la lengua fuera, y se encogerá hasta que expire y hasta que su cuerpo sea devorado por los cuervos.

-Tú no puedes quitar la vida -dijo el anciano.
-¿Que no? ¿Y los catorce mil guerreros que maté y con los que he formado una montaña de cadáveres? Yo estoy vivo y ellos ya no existen. ¡No cabe duda que puedo quitar la vida !
-Pero, ¿por qué sabes que ya no existen?
-Porque yo no los veo y, sobre todo, ellos fueron torturados y yo no. Sufrieron y yo me siento bien.
-También eso te parece únicamente. Te torturaste a ti mismo y no a ellos.
-No comprendo nada -dijo el rey.
-¿Quieres comprender?
-Sí.
-Aproxímate aquí -dijo el viejo, señalando al rey la piscina llena de agua.

Levantose el rey y se aproximó a la piscina.
-Entra en la piscina.

Asarkadón hizo lo que el viejo le ordenaba.
-Ahora, en cuanto yo comience a verter este agua, sumerge tu cabeza. El anciano vertió el agua del cántaro sobre la cabeza del rey, y éste sumió la cabeza.

Inmediatamente que el rey la hubo sumergido, ya no se sintió Asarkadón, sino otro, un hombre cualquiera. Así transformado, se vio acostado en un riquísimo lecho, cerca de una mujer muy bella, que se levantó y le dijo: «Mi querido esposo Lahilié, estás fatigado de tus trabajos de ayer y esto se debe a que has dormido más de lo ordinario; pero yo he respetado tu reposo y no te desperté. Ahora los príncipes te esperan en la gran sala. Vístete y ve a reunírteles.»

Asarkadón comprendió por aquellas palabras, que era Lahilié, de lo que no solamente no se admiraba sino que lo único que le sorprendía era no haberlo sabido hasta entonces. Levantose, se vistió y penetró a la gran sala donde le esperaban los príncipes, que se inclinaron reverentes frente a Lahilié, en seguida se levantaron, se sentaron por su orden ante él y el más antiguo de ellos se puso a decir que ya no era posible soportar las repetidas ofensas del malvado rey Asarkadón, y que era indispensable iniciar la guerra en contra de él, lo que no fue aprobado por Lahilié, quien dispuso se enviaran embajadores a Asarkadón para exhortarle, y luego dejó que los príncipes se marcharan. En seguida designó como embajadores a gente respetable y les dijo muy pormenorizadamente lo que debían comunicar al rey Asarkadón.

El Rey de Asiria, Asarkadón _ Tolstoi-Viaje Hacia Si Mismo-11

Hecho esto, Asarkadón, sintiéndose Lahilié, parte a la montaña a cazar onagres. La caza es muy abundante. El mismo mata dos onagres, y de regreso a palacio, lo festeja con sus amigos mirando bailar a los esclavos. Al siguiente día, como de costumbre, va a la corte donde le esperan solicitantes, acusados y litigantes, y resuelve cuantos negocios se le presentan. Una vez arreglados éstos, marcha a entregarse a su placer favorito, la caza. Aquel día mata una leona y captura a sus dos cachorrillos. Después de tan afortunada caza, lo festeja de nuevo con sus amigos divirtiéndose con los cantos y las danzas, y pasa la noche con su mujer amada.

Dividiendo así su tiempo entre los regios deberes y el placer, vive días y semanas, esperando el regreso de los embajadores enviados al rey Asarkadón que era él antaño. Los embajadores no vuelven sino al cabo de un mes con la nariz y las orejas cercenadas.

El rey Asarkadón manda decir a Lahilié que le pasará lo mismo que a los embajadores si no envía inmediatamente un tributo de plata, oro y madera de ciprés y si no va él mismo a saludarle.

Lahilié, antes Asarkadón, reunió nuevamente a los príncipes y tuvo consejo sobre lo que era necesario hacer. Unánimemente declaran que se impone, sin esperar el ataque de Asarkadón, ir en son de guerra en contra suya. El rey lo aprueba, se pone a la cabeza del ejército y parte a la guerra.

Dura la marcha siete días, cada uno de los cuales el rey revista a las tropas y excita el valor de sus soldados. Al octavo día sus tropas se encuentran con las de Asarkadón, en una gran llanura a la margen de un río.

El Rey de Asiria, Asarkadón _ Tolstoi-Viaje Hacia Si Mismo-22

Las tropas de Lahilié se baten valerosamente, pero Lahilié, antes Asarkadón, ve a los enemigos que descienden como hormigas de la montaña al valle y derrotan a su ejército. Los soldados de Lahilié son centenares, los de Asarkadón son miles y Lahilié es herido y hecho prisionero. Camina durante nueve días encadenado, con los demás prisioneros, entre los soldados de Asarkadón. Al décimo día se le conduce a Nínive, donde se le encierra en una jaula. Lahilié sufre menos con el hambre y sus heridas, que con la vergüenza y la cólera inútil. Se siente incapaz de devolver al enemigo toda la desventura que le agobia. Sólo una cosa puede: no dar a sus enemigos la alegría de ver sus sufrimientos, y se resuelve a soportar con firmeza y valor, sin quejarse, todo cuanto se le hará sufrir. Permanece veinte días en la jaula en espera del suplicio. Ve empalar a sus parientes y a sus amigos; oye los lamentos de las víctimas; a los unos se les cortan las piernas y los brazos; a los otros se les desuella vivos; pero no muestra ni inquietud, ni piedad, ni terror. Ve cómo dos eunucos negros llevan a su bella mujer atada con una cuerda. Sabe que ésta se convertirá en esclava de Asarkadón y soporta todo aquello sin quejarse.

Pero cuando uno de los centinelas le dice: «Te tengo lástima, Lahilié; eras rey, y ahora, ¿qué eres?» Lahilié recuerda todo cuanto ha perdido. Se agarra a los barrotes de su jaula y quiere matarse, se da de cabezadas contra ellos. Pero como no tiene fuerzas, desesperado, sollozando y gimiendo cae sobre el piso de su jaula.

Después dos verdugos abren la jaula, le atan las manos a la espalda con una correa y le llevan hasta el lugar sangriento del suplicio. LahiIié ve el palo puntiagudo y ensangrentado, en el cual acaba de ser suspendido el cadáver de uno de sus amigos muerto allí, y adivina que aquel palo está preparado para su suplicio. Desvístesele, Lahilié se queda espantado de la flacura de su cuerpo, robusto y bello antaño. Los dos verdugos cogen aquel cuerpo por las magras caderas, le alzan y quieren subirlo en el palo:

«La muerte inmediata, el aniquilamiento», piensa Lahilié, y a pesar de su resolución de conservarse tranquilo y valeroso hasta el fin, implora gracia, sollozante; pero nadie le escucha.

El Rey de Asiria, Asarkadón _ Tolstoi-Viaje Hacia Si Mismo

«¡Cómo va a ser posible esto! -piensa- Probablemente estoy dormido, ha de ser un sueño.

Hace un esfuerzo por despertar.

«No soy Lahilié, soy Asarkadón», piensa.

Y, efectivamente, se despierta…, pero no es ni Asarkadón, ni Lahilié, sino un animal.

Asarkadón se asombra de ser un animal y a la vez de no haberlo sabido antes.

Pace en el valle, arranca con sus dientes la sustanciosa hierba, espantase las moscas con su gran rabo y experimenta una extraña pesadez en sus ubres, inflamadas de leche. A su alrededor brinca jugando un borriquillo gris oscuro, de largas patas y rayado lomo. Dando una coz, el pequeño asno salta sobre Asarkadón, le empuja bajo el vientre con su hociquillo, busca la teta y en cuanto la encuentra se tranquiliza, poniéndose a tragar pausadamente.

Asarkadón comprende ser una burra, madre del borriquillo, lo que ni le admira ni le entristece, sino, más bien, le regocija. Cata la beatífica sensación del movimiento simultáneo de la vida en sí y en su crío; pero intempestivamente vuela algo silbando, le pega en el costado y penetra en su piel, dentro de su carne. Sintiendo dolor, Asarkadón, pollina, arranca su teta de los labios del borriquillo, y bajando sus orejas corre hacia el tropel de asnos del que se había separado. El borriquillo brinca próximo a sus patas. Ya está cerca del tropel puesto en alarma, cuando de repente, otra flecha toca silbando el cuello del borriquillo, se prende y vacila. El borriquillo hipa quejumbrosamente y cae sobre las rodillas. Asarkadón no puede abandonarle, y se detiene a su lado. El burrito se levanta, titubea sobre sus patas largas y delgadas y cae nuevamente.

Un ser terrible, de dos piernas, un hombre, corre y degüella al borriquillo.

«Pero si no es posible, esto continúa siendo un sueño», piensa Asarkadón, haciendo un esfuerzo supremo para despertarse. Grita, y en el mismo instante saca su cabeza de la piscina y ve a su lado al viejo que le vierte sobre la cabeza el resto del agua del cántaro.

-¡Oh, cuánto me he atormentado! ¡Cómo duraba eso! ¡Oh, qué alivio! – exclamó Asarkadón.

-¡Cómo que duraba, si apenas sumiste la cabeza y la retiraste! Mira, el agua del cántaro no se agota aún. ¿Comprendes ahora?

Asarkadón no contestó nada al anciano; contentose con mirar, horrorizado, al viejo.

— ¿Has comprendido ahora que Lahilié eres tú y que los soldados a quienes diste muerte son también tú? Y aquellos animales a los que matabas en la casa y devorabas en los festines eran tú. Pensabas que la vida sólo estaba en ti, pero yo te arranqué el velo del engaño y has visto cómo haciendo el mal a los demás te lo haces a ti mismo. La vida es una en todo, y tú no manifiestas en ti sino una parte de esta vida única; y es solamente en esta única parte de la vida en ti, en lo que tú puedes mejorar o empeorar, aumentar o disminuir la vida. En ti solo puedes mejorar la vida destruyendo los límites que separan la tuya de la de los demás, considerando a los otros seres como a ti mismo y amándolos. Sólo con esto aumentarás tu propia vida. Por el contrario, empeoras tu vida cuando por vida no reconoces más que tu propia vida, y piensas aumentar el bien de tu propia vida con detrimento del bien de los demás. Con esto disminuyes también tu vida.

Y no está en tu poder el destruir la vida de los otros. La vida de los seres que has matado está fuera de tu vista, pero no aniquilada. Crees tu alargar tu vida y abreviar la de los demás, pero no puedes hacerlo; para la vida no existe el tiempo ni el espacio. La vida de un momento y la vida de un millar de años, tu vida y la vida de todos los seres del mundo, visible e invisible, son iguales.

No se puede aniquilar y cambiar la vida, porque es lo único que existe; todo lo demás es solo apariencia.

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Una vez que el anciano hubo dicho esto, desapareció. Al día siguiente por la mañana, el rey Asarkadón ordenó se pusiera Lahilié y a todos los prisioneros en libertad y se cesara de atormentarlos.

Al tercer día, llamó a su hijo Achurbenpol y abdicó el cetro a su favor; por lo que a él toca, retirose primeramente a un desierto, donde meditó lo que había aprendido, y luego se puso a caminar como un peregrino, por ciudades y aldeas, enseñando a los hombres que la vida es una y que los hombres se hacen mal a sí mismos con sólo quererlo hacer a los demás.

Tolstoi, León (1972). Cuentos. Madrid: Editorial Libra S.A. Colección Púrpura, págs. 165—170.

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